Hombres y mujeres no entienden igual el consentimiento: los datos que deberían hacernos reflexionar

Durante los últimos años hemos hablado mucho de consentimiento.

Hemos incorporado nuevos conceptos, hemos cambiado leyes, hemos abierto debates públicos y hemos empezado a hablar de límites y libertad sexual con una naturalidad que hace apenas unas décadas resultaba impensable.

Sin embargo, conocer la teoría no significa necesariamente aplicarla correctamente.

Los datos de la Encuesta de Salud Sexual ponen sobre la mesa una cuestión especialmente relevante: hombres y mujeres parecen seguir interpretando determinadas situaciones relacionadas con el consentimiento de manera diferente.

Y algunos de los datos deberían hacernos reflexionar.

Una diferencia que no podemos ignorar

Según los datos recogidos, aproximadamente el 30% de las mujeres afirma haberse sentido obligada a hacer algo que no quería durante una relación sexual.

Sin embargo, únicamente el 13,6% de los hombres reconoce haber forzado a su pareja sexual en alguna circunstancia.

La distancia entre ambas cifras plantea una pregunta importante:

¿Estamos identificando de la misma manera cuándo existe presión, insistencia o ausencia real de consentimiento?

No podemos establecer una correspondencia automática entre ambos porcentajes, porque son preguntas y experiencias diferentes.

Pero la distancia entre las percepciones sí merece atención.

Quizá uno de los grandes retos actuales no sea solamente explicar qué significa consentimiento.

Quizá también tengamos que aprender a reconocerlo en situaciones reales.

¿Una relación sexual que empieza tiene que terminar?

Otro de los datos resulta especialmente significativo.

El 54,3% de los hombres encuestados considera que, una vez iniciado un encuentro sexual, hay que terminarlo si uno de los dos quiere.

Entre las mujeres, esa opinión desciende hasta el 36,6%.

Aquí aparece uno de los conceptos que consideramos fundamentales en CON SENTIMIENTO:

el consentimiento no es un contrato irrevocable.

Aceptar iniciar una relación sexual no significa aceptar todo lo que pueda suceder posteriormente.

Una persona puede cambiar de opinión.

Puede sentirse incómoda.

Puede querer detenerse.

Puede aceptar una práctica y rechazar otra.

Puede haber querido hace diez minutos y dejar de querer ahora.

El consentimiento debe entenderse como algo continuo y revocable.

El problema de la insistencia

La encuesta también preguntó por una afirmación especialmente interesante:

“Algunas personas necesitan que se les insista para tener relaciones sexuales”.

El 27,6% de los hombres manifestó estar bastante o muy de acuerdo con esta idea, frente al 20% de las mujeres.

Y aquí entramos en una de las zonas que más necesitan educación.

¿Dónde termina la seducción y comienza la presión?

¿Cuándo insistir deja de formar parte de una interacción y empieza a condicionar la libertad de la otra persona?

¿Puede considerarse verdaderamente libre un “sí” obtenido después de sucesivas negativas?

Estas preguntas son mucho más importantes de lo que parecen.

Porque el consentimiento no debería consistir simplemente en conseguir finalmente un “sí”.

La cuestión fundamental debería ser:

¿La otra persona está eligiendo libremente?

Decir “sí” tampoco resuelve siempre toda la cuestión

Existe además otra dimensión mucho más compleja.

Una persona puede pronunciar un “sí” y, sin embargo, hacerlo condicionada por determinadas circunstancias.

Puede aceptar para evitar una discusión.

Para que su pareja no se enfade.

Para evitar que le retiren el afecto.

Porque siente que “le toca”.

Porque existe dependencia emocional.

Porque lleva demasiado tiempo soportando insistencia.

Porque cree que negarse tendrá consecuencias.

Por eso debemos ampliar nuestra conversación sobre consentimiento.

No basta con enseñar dos palabras:

SÍ.

NO.

Tenemos que hablar también de algo mucho más importante:

la libertad para decidir.

Consentimiento dentro de una pareja

Existe además una creencia que debemos seguir cuestionando:

tener pareja no significa tener consentimiento permanente.

Ni un matrimonio.

Ni diez años juntos.

Ni haber mantenido relaciones cientos de veces anteriormente.

Ni haber iniciado una relación sexual.

Cada persona conserva en todo momento la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo.

Por eso debemos normalizar algo extremadamente sencillo:

Preguntar.

Escuchar.

Observar.

Aceptar un cambio de opinión.

Y, especialmente, entender que un “no” de nuestra pareja no constituye necesariamente un rechazo hacia nosotros.

Es simplemente un límite que debe respetarse.

También tenemos que hablar de los hombres

Existe otro elemento importante: los estereotipos tradicionales también pueden dificultar que los propios hombres identifiquen situaciones en las que ellos mismos no desean mantener relaciones sexuales.

Durante generaciones se ha transmitido la idea de que el hombre debe estar siempre dispuesto sexualmente.

Que siempre quiere.

Que siempre inicia.

Que rechazar sexo resulta extraño.

Ese estereotipo también perjudica una cultura saludable del consentimiento.

Porque el consentimiento funciona en todas las direcciones.

Un hombre puede no querer.

Una mujer puede no querer.

Cualquiera puede iniciar.

Cualquiera puede cambiar de opinión.

Cualquiera puede establecer límites.

Y cualquiera tiene derecho a que esos límites sean respetados.

Entonces, ¿tenemos un problema legal o educativo?

Probablemente ambos ámbitos estén relacionados, pero una legislación más precisa por sí sola no puede resolver cómo nos relacionamos.

Podemos modificar códigos penales.

Podemos establecer nuevas definiciones jurídicas.

Podemos mejorar los mecanismos de protección.

Pero existe un territorio al que la legislación difícilmente puede llegar por sí misma:

la educación de las personas antes de que aparezca el conflicto.

Necesitamos enseñar a identificar incomodidad.

A expresar deseos.

A decir que no.

A aceptar un no.

A preguntar sin sentir que estamos rompiendo el momento.

A entender que el consentimiento puede cambiar.

Y a diferenciar entre deseo, aceptación, presión y resignación.

De la cultura del “no es no” a la cultura de la comunicación

Quizá el siguiente paso sea dejar de hablar exclusivamente del consentimiento como una herramienta para evitar delitos.

El consentimiento debería formar parte de una conversación mucho más amplia sobre cómo queremos relacionarnos.

Una buena relación sexual no debería aspirar simplemente a que nadie haya dicho “no”.

Debería aspirar a que las personas implicadas quieran estar allí y puedan expresarlo libremente.

Ese cambio parece pequeño.

Pero culturalmente es enorme.

La razón de ser de CON SENTIMIENTO

Datos como estos refuerzan precisamente una de las razones por las que nació CON SENTIMIENTO.

Queremos trabajar antes de que aparezca el problema.

En los institutos.

En las familias.

En las relaciones.

En los medios.

En la sociedad.

Creando espacios donde podamos hablar de sexualidad, consentimiento, límites y comunicación sin miedo, pero también sin simplificaciones.

Porque quizás hemos avanzado mucho explicando qué significa consentimiento sobre el papel.

Ahora tenemos otro reto:

conseguir que sepamos reconocerlo, comunicarlo y respetarlo en la vida real.

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